Protocolo: una metáfora del espacio.

                                      “…si hay un desafío posible no puede ser en el ámbito de lo formal, sino en la base, en el nivel del arte y no en el nivel de las formas dadas del arte”                                                                                          Daniel Buren.

 

Una obra en proceso, que en una de sus fases se comporta como una instalación y a su vez, seguirá transitando por ese proceso hasta que sea totalmente consumida, requiere de un espectador paciente e imaginativo, en disposición para  vislumbrar el final de la obra.

El camino emprendido por el artista Rigoberto Díaz,  tiene ese encanto que deja el arte cuando no todo está dicho a través de sus formas. En la elaboración de la pieza Protocolo se condensa un comportamiento que alberga la instalación como género, la relación social, el arte público y lo procesual, todos interconectados en una continuidad que irá marcando los destinos de cada uno de esos momentos. Para compaginar partes tan diferentes de eso que el teórico español Simón Marchán Fiz llama Nuevos Comportamientos, el artista ideó un meticuloso mecanismo a través del cual fue armando la obra desde mediados del pasado año.

¿Qué toma el artista de esos Comportamientos que le permiten balancearse entre la cualidad aureática del arte y la efímera, de aquello que se construye y se disuelve mientras sucede la obra, de los momentos que necesitan del intercambio social, de los significados alterados producto de ese intercambio?

Protocolo se divide en varias partes, la primera consiste en la colocación de 4 deshumificadores en 4 espacios oficiales: La Asamblea Nacional del Poder Popular, La Fiscalía General de la República, El Palacio de las Convenciones y El Ministerio de Educación. Dichos equipos extraen la humedad del interior de esos lugares  para que queden libres de  impurezas. La segunda se centra en recoger sistemáticamente durante 45 días el agua que se acumula en esos artefactos, una vez que se haya estudiado que puede ser ingerida, se mezcla con el agua que contienen los pomos originales y se embasan en 43,000 pomos plásticos de 500ml. Se etiquetan con los datos correspondientes a este tipo de envases, pero sustituyendo el nombre original del producto por el de la obra, y el del fabricante por el del artista, y por último, serán emplazados entre los espacios que separan las columnas de los corredores de la Facultad de Artes Pláticas, del Instituto Superior de Arte, en un número de 3,580 en cada uno, formando una escultura que semeja sólidas paredes que adquieren por esta vía una apariencia muy particular.

Este producto tiene como destino ser consumido en los actos públicos del ISA. Según el estudio realizado por el artista sobre la cantidad de botellas consumidas en dicha  institución en los últimos años, las producidas en la obra suplirán esa necesidad durante los próximos 5 años, completando así la gestión de intercambio que le da movilidad a la pieza y la convierte en una representante de la llamada Estética Relacional.

La  elección de esos espacios que representan los poderes políticos, judiciales, educativos y con fines culturales, son asumidos como arquetipos que concentran  significados especiales de acuerdo a las relaciones sociales que simbolizan. La transmisión simbólica de estos poderes nos llega a través del arte, mediante agua “purificada” que al consumirse, suministra lo que en esos espacios sucede, lo que se decide, lo que pasará como normativas de la vida cotidiana.

Sobre ese proceso el artista ha expresado: “Protocolo parte del principio de extraer una sustancia que contenga las propiedades simbólicas de un espacio determinado…Su relación con la comunicación o la trasmisión de información…” Son espacios “…donde se rige o controla todo el quehacer del individuo en la sociedad” (1)

Concebida de esta manera, la pieza asume el sello de un ready made, pues se ha respetado la función de utilidad del objeto apropiado, sin embargo, su contenido tiene otras connotaciones que están implícitas en el propio ciclo de su elaboración, en el rediseño de su apariencia estética, actuando en su conjunto como un dispositivo de acción social.

Este procedimiento nos  hace recordar una frase del profesor español Martí Perán: “…a diferencia de cómo pudo plantearse en el interior de algunas narrativas modernas, el arte no redime al mundo sino que, en el mejor de los casos, es precisamente la realidad quien devuelve credibilidad y eficacia al arte…” (2) Rigoberto, con ingenio, ha metaforizado el poder, penetrado sus estructuras, saboteado su saber y sin embargo, todo se nos presenta como el juego de un artista que regala el producto más bendecido del hombre: agua, sin microbios y depurada, dándole realidad a  una obra cuya finalidad nos hace creer que es su consumo.

Notas.

1-Palabras del artista recogidas en el pdf sobre la obra.

2-Perán, Martí. Lugares para todo. Palabras al catálogo de la exposición “Interferencias. Contexto local y espacios reales”. CCCB. Barcelona, 2002.

 

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